Fuerzas para seguir.

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martes, 27 de septiembre de 2011

Te dejaste lo más importante en el tintero.

Desde pequeño con tus dudas, preguntándote el por qué de los porqués, dando vueltas a lo resuelto y girando lo ya girado. Querías ser alguien y tenías claro que nadie iba a quitarte tu sueño, y fuiste consiguiendo tus metas, paso por paso. Hiciste tu vida, formaste tu familia, y me trajiste al mundo junto con una bella mujer a la que llamabas esposa. Pero no solo a mí, también al pequeño de la casa. Todo parecía tan perfecto, como siempre lo imaginaste. Hasta que cerraste el libro de los sueños, de la perfección, de la felicidad de los de alrededor, y de todo lo que eso conllevaba. Cometiste tantos errores papá...
Olvidaste la valentía de hacer algo por los demás, transformaste tus pensamientos solo para ti, no supiste ver el daño que hacías con tus actos, con tus engaños hace ya tantos años, con tus palabras que clavabas (y sigues clavando) en mí, y en ellos. Hacías quejas de cosas que no existían, y exigías cosas no posibles. Para ti todo giraba a tu alrededor, ¿pensaste que no estabas solo? ¿Que nosotros estábamos contigo? Fuiste aparcando nuestros sentimientos, los cuales o no veías, o fingías estar ciego. Seguías tu camino, solo (o al menos por mí). Y te dejaste lo más importante en el tintero, no supiste valorar el valor de una familia.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Seré tu sonrisa cuando la tuya se apague, solo hasta que consiga que brille de nuevo.

Él era un chico acostumbrado a que el mundo le diera ostias, le tirara al suelo a menudo y le diera más lágrimas que sonrisas, ella, una chica a la que el pasado le había ido dejando cicatrices impidiéndola olvidar todo aquello que la había herido por dentro, mientras que le ayudaba a aprender un poquito de la parte perra de la vida. Él hundía sus penas detrás de una soledad, a veces acompañada de una herida, le gustaba ver correr su sangre cuando creía que nada podía ir peor. Ella, se limitaba a ahogarlas de vez en cuando en alcohol. Ambos eran diferentes, y la sociedad les había juzgado por ello. Él buscaba encajar mientras ella aprendía a reírse de las críticas. Él decidía esconderse a llorar, ella le contaba sus secretos a su almohada. Él tuvo días muy malos, tan malos como para querer desaparecer, él, sin duda, deseaba marcharse. Ella le enseñó a dejar de ser un egoísta, y pensar en todos aquellos que le echarían de menos, le dijo sin rodeos que era un cobarde para demostrarle que siempre se puede seguir adelante, le gritó que era un imbécil por destrozar su vida con heridas. Él reflexionó sobre ello y se dijo a sí mismo que todo iba a cambiar, pero no todo era tan fácil. Ella se propuso enseñarle a dar patadas a las piedras para apartarlas del camino en vez de tropezar con ellas, y sacar de su vida todo lo que le hacía daño, le hizo prometer que jamás iba a volver a disfrutar viendo correr la sangre de sus venas. Él no estaba muy seguro, pero supo ver que sus palabras eran sabias. Ella, le juró que admiraría sus defectos cuando los demás los criticaran, y que fuese quien fuese, y a tantos kilómetros de distancia, se iba a hacer presente en algún pequeño rincón del fondo dañado de ese alma que quizá algún día estuvo perdida, pero que ahora sabe donde va, y recuerda que vaya a donde vaya, ella le dijo que lo hiciera con una sonrisa, y la cabeza bien alta.

sábado, 17 de septiembre de 2011

A veces te olvidas los ánimos en el suelo y tropiezas con ellos.

Dicen que todo lo que sube baja, que todo lo que agrada luego no gusta, que después de la tormenta viene la calma, que todo de un modo u otro se compensa, así que supongo que en un exceso de sonrisas tiene que haber llantos. Odio los llantos, siempre los odié, pequeñas gotas saladas que caen por tus mejillas mientras en tu imaginación eres tú la que está cayendo a un triste vacío sin fondo. Dicen que llorar desahoga, que hace sentir mejor, hasta que te das cuenta de que tener los ojos más mojados y el rímel corrido no cierra cicatrices por dentro de tu cuerpo, ni hace que vuelva tu sonrisa. Sigues con los ánimos por los suelos tropezando con ellos en cada intento de levantarte, volviendo así a caer de nuevo. Y cuando quieres darte cuenta, tus manos ya no paran los golpes, dejando que ruedes por el suelo, con el alma cada vez más arañado y el rostro cada vez más húmedo. Vuelves a darte cuenta de que el llanto no te ayuda y clavada en el suelo tan duro como áspero piensas una estrategia. Tras mucho pensarlo decides regalarle al mundo una sonrisa mientras coges tus ánimos del suelo y los sitúas bien alto. Ahora sí, ahora puedes levantarte sin volver a tropezar, ahora solo te queda olvidar, sin perder la sonrisa.

martes, 13 de septiembre de 2011

Con el corazón cruzando la línea de meta.

Sin duda, la razón ha perdido. Ella me enseñó a no dejarme llevar cuando el corazón decía que no me dejara llevar por nada que no fuera él. Ella me enseñó a pensar con la cabeza, e intentó ser la luz que alumbrara mi camino cuando me quedara ciega de amor. El corazón llegó sin avisar, pillando a la razón desprevenida y apagando así todas las luces posibles. Ella, de vez en cuando me decía que todo eran mentiras, pero él, supo defenderse mostrando sus tequieros más sinceros. Él iba ganando ventaja mientras ella decidía dejar de correr y darse por vencida. Finalmente cayó, comprendiendo ella tan sabia, que nada podía con un amor tan fuerte.

jueves, 1 de septiembre de 2011

La rutina me persigue, socorro, está apunto de alcanzarme.

Suena el despertador, son las siete de la mañana de un lunes aborrecible que no promete nada. Te das media vuelta cerrando los ojos de nuevo, hasta que los abres y ves que ha pasado el último cuarto de hora que podías aprovechar. Te levantas rápido pero sin ganas, sabiendo que volverás a llegar tarde de nuevo. Miras el armario y ves toda esa ropa colgada dándote cuenta de que ninguna te llama. Finalmente te decides y coges sin ánimo las planchas de pelo, esperando tener al menos una imagen decente que enseñar al mundo. Cuando piensas que has acabado, te das cuenta de que estás en esa puerta, en la misma de siempre, y de que un timbre suena, el mismo timbre que te ahoga en la rutina, una y otra vez.

Otros intentos de reconstruirme:

Rebúsca(me).